Sobre el canto congregacional – Abraham Kuyper

Traducido por el Pr. Jean Carlos Morán de: Abraham Kuyper, Our Worship, ed. John D. Witvliet y Harry Boonstra, trad. Harry Boonstra et al., The Calvin Institute of Christian Worship Liturgical Studies (Grand Rapids, MI; Cambridge, U.K.: William B. Eerdmans Publishing Company, 2009).

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Capítulo 7

El canto congregacional

Después de haber tratado sobre la oración litúrgica, pasemos ahora a los cánticos litúrgicos. Y aquí nos encontramos de repente con lo opuesto. Cuando se trata de cantar, todo el mundo quiere un cántico compuesto. A nadie se le ocurre utilizar otra cosa que cánticos que ya han sido compuestos de antemano. Cuando se trata de la oración, muchos siguen insistiendo en la improvisación, pero nadie está a favor del canto improvisado.

Salmos frente a himnos

La siguiente cuestión es si la congregación puede componer sus propios cánticos. Aquí llegamos a la cuestión de los salmos frente a los himnos. Nuestros padres dictaminaron que, salvo algunas excepciones, solo se permitía el canto de salmos en la asamblea de creyentes. Cuando los himnos fueron introducidos en 1807 (por poder eclesiástico ilegítimo), muchas personas se opusieron a ellos y se negaron a cantarlos cuando se anunciaban desde el púlpito. En la época de la restauración de la iglesia en la Secesión y Doleantie, se reafirmó la postura de que solo debían cantarse salmos.

¿Significa esto, ahora, que la congregación no tiene derecho a formular sus propios cánticos para cantar y orar al Ser Supremo, ya sea en prosa o en poesía? No tenemos conocimiento de tal prohibición. Después de todo, siempre hemos permitido oraciones espontáneas en nuestras iglesias. Nadie ha afirmado jamás que solo pudieran utilizarse en la iglesia aquellas oraciones que se encontraran en las Sagradas Escrituras o en los Salmos. Sin embargo, una consistencia estricta exigiría tal limitación si no se permitiera el canto de nuevos cánticos de oración.

Además, si los cánticos para la congregación no pueden ser de composición propia, entonces deberíamos revisar muy detenidamente nuestro Salterio. No quiero decir que debamos cantar los salmos en hebreo, como algunos han llegado a sugerir. Eso es un disparate. Traducir no es otra cosa que dirigirse a las personas en una lengua que entienden, así como el texto original fue entendido por los judíos en su lengua. Pero traducir es algo totalmente distinto de rimar y metrificar. En la Iglesia Episcopal Inglesa los salmos se cantan en prosa, no en rima, tal como los leemos. Y esto es posible porque son salmodiados. No decimos que prefiramos esto, pero funciona. Parece posible. Y quien quiera negar a la congregación el derecho a componer cánticos tiene que adoptar definitivamente este método.

Para apreciar la diferencia entre los salmos bíblicos y los de nuestro Salterio, basta comparar nuestros salmos traducidos y versificados. Debe entenderse que no deseamos hablar mal de nuestra versión rimada actual. Sin embargo, no se puede negar que no solo se han puesto los pensamientos de los salmos en forma de verso, sino que también, muy a menudo, se han añadido otros pensamientos. De hecho, a veces se ha cambiado el pensamiento de un salmo para decir todo lo contrario.

No continuaremos con este asunto. Hemos dicho lo suficiente para demostrar que en los salmos que cantamos hoy encontramos ciertamente que mucho ha sido compuesto por humanos. Las iglesias incluso añadieron algunos himnos a los salmos. Es cierto que se hizo a modo de excepción, pero esto habría sido imposible si se hubiera establecido que era una violación de la voluntad de Dios que los humanos compusieran cánticos para la congregación.

Por lo tanto, concluimos que, históricamente y según el orden eclesiástico, es el derecho indiscutible de la iglesia formular sus propias oraciones habladas y, en principio, también las cantadas. La Escritura no nos enseña nada diferente. No podemos encontrar ningún lugar en las Escrituras donde los apóstoles impusieran a las congregaciones el uso de oraciones o cánticos del Antiguo Testamento tal como fueron escritos originalmente, como la única forma concebible o permisible.

Consideremos 1 Corintios 14:26: “¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene un salmo”. El contexto indica que esto ciertamente no significaba: «Si alguien tiene un salmo en mente, por favor dénos el número». Esto es imposible porque Pablo está hablando aquí de los charismata, de dones espirituales, ya que se menciona que los demás estaban guardando silencio mientras solo uno hablaba. Este pasaje trata del ejercicio de un don profético en la congregación, es decir, el don de levantarse en medio de la congregación y, bajo la influencia del Espíritu Santo, alabar y dar gracias a Dios ya sea en lenguas, en profecía, o en forma poética. Del mismo modo, los «salmos, himnos o cánticos espirituales» de Efesios 5:19 no pueden referirse a los encabezamientos de los salmos, sino a la expresión sin restricciones del Espíritu. (Por supuesto, debemos tener en cuenta que 1 Corintios 14 habla de dones extraordinarios del Espíritu, y que en Efesios 5:19 se trata de una congregación apostólica, por lo que no podemos sacar conclusiones para la iglesia actual).

Defendemos así el uso de los himnos, pero debemos recordar lo siguiente:

1. En la Sagrada Escritura no encontramos una colección separada de oraciones, pero sí una colección separada de salmos.

2. La profundidad espiritual de los salmos supera con creces todo lo que se compuso posteriormente como himnos eclesiásticos y que a veces se afirmó que era aún más espiritual.

3. Siempre que los himnos entraban en las iglesias, parecían, primero, echar hacia atrás a los salmos y, después, suplantarlos.

4. Los salmos siempre han hecho eco de la nota principal perdurable y eterna del corazón piadoso, mientras que los himnos normalmente tenían una cualidad temporal y estaban marcados por lo que era popular en el momento.

5. En la mayoría de los casos, los himnos llevaban al canto de coros, convirtiendo a la congregación en oyentes.

6. En la lucha entre himnos y salmos, todos los miembros nominales preferían los himnos sobre los salmos, mientras que los miembros verdaderamente piadosos se inclinaban mucho más por los salmos que por los himnos.

Por supuesto, no queremos decir que todos los que preferían los himnos ya no pudieran ser llamados piadosos. Después de todo, ¿quién querría excluir a Lutero? Sin embargo, nos parece que los seis puntos mencionados expresan lo que la experiencia nos ha demostrado que es cierto.

El salterio reformado

La preferencia casi exclusiva por el canto de salmos en nuestras iglesias reformadas durante la Reforma se debió a los muchos abusos que habían acompañado a la introducción de los himnos. Sin embargo, no se puede negar que los himnos también eran populares en la Iglesia cristiana primitiva. Algunos himnos eran muy antiguos y se utilizaban en toda la cristiandad.

Pero durante la Edad Media el abuso se hizo muy real. Al principio se perdió casi todo el canto congregacional de salmos, y después casi todo el canto congregacional. Los coros reemplazaron el canto congregacional. Hombres y mujeres, niños y niñas con las voces más bellas fueron atraídos a unirse a estos coros, a pesar de que su reputación moral estaba lejos de ser impecable. Además, las canciones que cantaban a menudo dejaban mucho que desear. El sonido, el tono de voz y el elemento artístico se convirtieron en lo más importante, mientras que el contenido de la canción en algo secundario. El canto se convirtió en una exhibición artística y dejó de ser una expresión de agradecimiento y adoración a Dios por parte de los creyentes.

Una reacción contra esto vino con la Reforma, para detener este mal. El sacrificio artístico tuvo que ser sustituido de nuevo por «el sacrificio de los labios». Así se llegó al canto exclusivo de los salmos. Y solo después se defendió teóricamente esta práctica diciendo que únicamente podíamos cantar palabras que habían sido cantadas previamente en la Sagrada Escritura.

Mientras tanto, no hubo consistencia en cómo se desarolló este principio. Según la teoría de la Escritura exclusiva, los únicos cantos que debían considerarse para su uso en la iglesia eran los salmos, pero utilizar otros cantos que se encontraban en la Sagrada Escritura era inaceptable. La Sagrada Escritura está llena de poesía que nunca se presentó a la congregación como himnos para ser cantados, ni siquiera una canción más corta como la Canción de Débora. En otras palabras, se hizo una elección en la que se rechazó una canción bíblica y se aceptó otra, y así la elección individual y, en consecuencia, la antigua arbitrariedad se coló de nuevo en la iglesia. No había ninguna razón válida para que las otras poesías de las Escrituras no pudieran cantarse en la iglesia.

Además, a pesar de la estricta regla de la salmodia exclusiva, los Cantos de María, de Zacarías, de Simeón y otros también formaron parte de la colección, y así fue traspasado el rígido límite. Se traspasó de nuevo cuando los Diez Mandamientos y el Padre Nuestro se insertaron en forma versificada, a pesar de que las Sagradas Escrituras nunca pretendieron que fueran cantados. Y la estricta regla fue verdaderamente destrozada cuando el Credo de los Apóstoles y el himno «Oh, gran Cristo, Luz eterna» fueron añadidos a la colección. Ciertamente, estos himnos fueron compuestos libremente en el sentido más amplio de la palabra.

Los Himnos reemplazaron a los Salmos

¿No ha demostrado claramente nuestra experiencia desde la Reforma que había algo de sabiduría en esta forma de pensar? Las iglesias no reformadas aceptaron libremente que se cantaran himnos en sus iglesias, pero ¿cuál fue el resultado? Sin duda se escribieron muchos himnos hermosos y piadosos, de modo que ahora encontramos algunas joyas de poesía espiritual entre los himnos alemanes, así como entre los ingleses, que también conmueven, refrescan, edifican y consuelan el alma reformada.

Pero, por desgracia, una triste consecuencia fue que muchos de los viejos abusos volvieron a la iglesia. En casi todas partes, los himnos expulsaron casi por completo el canto de los salmos, y muy pocos salmos se incluyeron en los cancioneros, e incluso estos rara vez se eran cantados. Además, con la introducción de los coros, el canto se volvió más superficial, el órgano se utilizó más para dirigir el canto, y el carácter religioso se transformó en una expresión estética.

Extranjeros piadosos que viajaron por los Países Bajos y asistieron a nuestros servicios de adoración me han asegurado más de una vez que nada les había causado una impresión tan profunda como el majestuoso canto congregacional de los salmos en nuestras iglesias. Sin embargo, en nuestras iglesias la historia de los himnos ha sido similar.

La colección Evangelische Gezangen (Himnos evangélicos) no solo se introdujo ilegalmente en 1807, sino que se escribió en una época de escasa competencia poética y de flojo interés religioso. Cuando se compara la calidad poética y religiosa de ese himnario con nuestro Salterio, el primero parece un juego de niños. La hojalata dorada y el oro auténtico no tienen nada en común.

Y, no obstante, ese himnario inferior recibió rápidamente tal prominencia por parte de las personas en el liderazgo, que durante mucho tiempo la mayoría de los ministros eligieron un salmo por cada seis o siete himnos. Y los salmos utilizados solían ser unos pocos que generalmente eran bien conocidos, a veces no más de dos docenas, y eran elegidos una y otra vez. Los himnos se robaban la escena y los salmos quedaban olvidados en su mayor parte. Y si se pregunta ahora quién prefería los himnos y quién los salmos, la historia enseña que la mayoría de la gente de la iglesia que se aferraba a la confesión de los padres prefería los salmos, mientras que los que se habían alejado de la verdad idolatraban los himnos.

¿Un Himnario Reformado?

Con esta lección de historia en mente, uno podría desear un himnario que contenga cánticos de gran belleza poética, escritos por pecadores llenos de gratitud y de oración, pero aun así la pregunta sigue siendo si esto será alguna vez posible, y si alguna vez tendremos éxito en esto. Es cierto que, como personas, nos encanta escribir versos, pero pocos tienen el don de la poesía, y solo una persona que viva cerca de Dios, y que por su gracia sea reformada en alma y corazón, sería capaz de escribir cantos para una iglesia Reformada. Por supuesto, solo Dios puede darnos tales personas, pero hasta ahora no lo ha hecho, y comisionar canciones está fuera de cuestión.

No obstante, necesitamos urgentemente nuestros propios himnos, para nuestras festividades cristianas, para elevar nuestros corazones al Señor, para la administración de los sacramentos, para la instalación de miembros y oficiales, y también para la solemnización de matrimonios, estando confiados en que Dios ciertamente los proveerá en su momento. Además, también podríamos sugerir tomar algunos himnos del tesoro de la Iglesia cristiana primitiva y de la Reforma, para añadirlos a nuestra colección de cantos. Sin embargo, es bastante seguro que siempre confiaremos en los salmos como fuente de la mayoría de nuestros cánticos litúrgicos. Pero esto nos lleva a plantearnos seriamente si ha llegado el momento de considerar una revisión de nuestro Salterio versificado.

CAPÍTULO 8

Nuestro Salterio versificado

Nuestro Salterio es un gran regalo para las iglesias, pero también tiene algunos problemas. Analicémoslos brevemente. En primer lugar, la intención original de utilizar los salmos era cantarlos enteros. Por esta razón, los salmos que eran demasiado largos se dividían en secciones. Después de cada sección, el editor ponía una pausa —una pausa que hoy no tiene sentido para nosotros que estamos acostumbrados a seleccionar al azar uno o dos versículos—. Simplemente la ignoramos, porque una pausa solo tiene sentido cuando ordinariamente se seguiría cantando.

Pedir a la gente que cante una estrofa, como lo hacemos hoy, simplemente no era la práctica original; nuestra división en estrofas fue introducida por primera vez por aquellos que versificaron los salmos. Originalmente, la división era más parecida a la división en versículos que se encuentra en la traducción neerlandesa de la Biblia de 1637. Y cuando dice arriba de un salmo, “Al músico principal”, la intención era que la gente cantara el salmo entero.

No sacamos la conclusión de que hoy en día todos los salmos deban seguir siendo cantados enteros. Nuestro prolongado canto de notas completas requiere tres veces más tiempo que en Jerusalén. Los judíos incluso leían mucho más rápido que nosotros —por no hablar de su canto—. También debemos tener en cuenta que en el templo se estableció una forma única de servicio musical con coros, mientras que nuestro canto lo realiza exclusivamente toda la congregación. Además, cantamos más de una vez. A veces hasta cantamos cuatro veces, y el canto de cuatro salmos en su totalidad exigiría una cantidad desproporcionada del tiempo disponible.

Sin embargo, por mucho que admitamos todo esto, y reconozcamos como permisible la práctica de cantar estrofas separadas, afirmamos que la idea fundamental de la unidad de cada salmo se mantenga mejor de lo que ahora solemos hacer. Con la excepción del salmo 100 y de algunos otros salmos cortos, esta unidad no llega hoy a una expresión plena. Únicamente al ir y al salir de la mesa de la Cena del Señor se oye, a veces, cantar por entero un salmo bastante largo. Rara vez o nunca se oye a la congregación cantar tres veces sucesivamente el mismo salmo, uniendo así las tres secciones. Incluso si la congregación canta nueve estrofas en un servicio, estas usualmente son escogidas de tres o cuatro salmos diferentes.

En realidad, nadie entre nosotros presta atención a la división original de un salmo, y nadie tiene en cuenta la secuencia de las estrofas. Todas las estrofas de todos los salmos se consideran juntas como una reserva o suministro de estrofas de las que se eligen aquellas que son más cantables y con mejores rimas, así como las que mejor se aplican al tema del sermón.

De este modo, sin embargo, los salmos no gozan ciertamente de la posición que les corresponde. Además, la conexión con el tema del sermón se busca muy a menudo en una palabra o en una expresión que aparece en la métrica, en la versión poética de los salmos, pero que no aparece en el texto original. Entonces uno se da cuenta realmente de cuánta arbitrariedad hay en este proceso. Este problema es especialmente problemático en los salmos que constan de dos o tres pensamientos relacionados. Muchos salmos, por ejemplo, consisten en una profunda queja sobre el pecado y la miseria, seguidos de un himno de acción de gracias por la salvación. Si se toma una estrofa sin la otra, la unidad del salmo desaparece. Además, sería mejor reducir el canto que solo sirve como un interludio o conclusión del servicio de adoración, e introducir el canto de al menos la mayor parte de un salmo largo, o la totalidad de un salmo corto, a fin de que la unidad del cántico sea sentida una vez más.

No cabe duda de que hemos progresado en este aspecto. Ahora se cantan por lo menos tres veces más estrofas que antes. Los ministros que se han familiarizado con el libro de los Salmos han ido descubriendo poco a poco que en él se esconden muchas cosas, no solo útiles, sino también bellas. Este descubrimiento se ha hecho en lugares donde se sospechaba que no había nada bello. Sobre todo, en la aplicación a temas especiales y situaciones espirituales, muchos versículos de los salmos métricos que antes no se escogían, ahora se ve que poseen una gran profundidad de pensamiento.

Otro problema tiene que ver con el comienzo de las distintas estrofas. En la versión métrica, muchas estrofas aparecen en el contexto de todo el salmo y comienzan con una conjunción, como «pero», «sin embargo», «porque». Pero si se canta solo esa estrofa, no se sabe qué relación tiene con la anterior. Un problema similar ocurre en el uso de pronombres al principio de una estrofa.

Un pronombre se refiere a un sujeto o a un objeto de la acción precedente. Sin embargo, si se comienza una estrofa con un pronombre sin hacer referencia a la estrofa anterior, se introduce confusión. «Perpetuamente te alabarán». «Irán de poder en poder». Estas expresiones suponen que algo las precede. Pero si se canta la estrofa fuera de este contexto, empezar con un pronombre crea confusión.

Finalmente, un comentario sobre las melodías que se han elegido para los salmos. La melodía y la versificación están, naturalmente, interrelacionadas, pero a menudo los poetas han adaptado su versificación a una melodía existente. A veces esto ha funcionado extraordinariamente bien, cuando el poeta ha podido visualizar el contenido del salmo y expresarlo en el modo del canto antiguo.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, falta la armonía interna entre las palabras y la melodía; el poeta no entendía la melodía, y el texto y la melodía chocaban entre sí. Estrofa tras estrofa se repetía de la misma manera. Esto plantea incluso la pregunta: «¿La repetición de una misma melodía, estrofa tras estrofa, como aparece en nuestro Salterio, se presta a la emoción armoniosa del alma?». Como bien saben, con frecuencia un mismo salmo expresa emociones muy distintas que siguen a otras. Primero, puede haber un grito de terror, luego viene el cántico de alabanza, seguido de un cántico de acción de gracias. En otro salmo hay tres etapas: la tormenta, el fuego y el murmullo de una suave brisa. Por supuesto, con la misma melodía a lo largo de todo el salmo, la letra y la melodía chocarán.

Así pues, nuestro Salterio métrico tiene varios problemas. La única solución es esperar a unas condiciones eclesiásticas más tranquilas y reposadas, cuando podamos contar con uno o varios poetas que tengan un alto nivel espiritual y sean maestros del lenguaje y de la música. Ellos revisarán la edición existente de los salmos metrificados para eliminar lo que perturba nuestro canto. Parte de esta revisión consistirá en eliminar de los salmos metrificados aquello que es falso y antibíblico. En un gran número de salmos es posible demostrar cómo el poeta no ha entendido las palabras del texto original y ha introducido pensamientos e ideas que son contrarios a la Escritura.

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[2] Nota del Traductor: El verbo inglés “to chant”, usado en este lugar, es equivalente en español a “salmodiar”, que significa “cantar con cadencia monótona” (RAE).

[3] Los pietistas se mostraban a menudo ambivalentes a la hora de cantar himnos. En sus conventículos apreciaban el canto de himnos, por ejemplo, los del movimiento pietista alemán. Sin embargo, su postura conservadora hacia las tradiciones reformadas anteriores les empujaba hacia el canto exclusivo de los salmos.

[4] La influencia de esta versión de la Biblia fue, en muchos aspectos, similar a la de la versión King James en el mundo angloparlante. Fueron los Estados Generales los que ordenaron la traducción, y de ahí que se la denomine Statenvertaling.

[5] Para más detalles, véase Bertus Polman, «Church Music and Liturgy in the Christian Reformed Church of North America» (Ph.D. diss., University of Minnesota, 1980), 37.

[6] Salmo 84:4.

[7] Salmo 84:7.

[8] Sorprende que Kuyper no haga ninguna alusión a la creación del «Salterio de Ginebra» ni al papel de Calvino en el mismo.